Colombia: El país de los carteles

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Creería que esta es la cereza del pastel, pero en el país del sagrado corazón…, la ficción no tiene límites. O mejor, la corrupción no tiene límites.

Nuevamente Colombia es tendencia por su nivel de creatividad a la hora de cometer delitos. En los años 90 todo el país le temía a los dos carteles más importantes del momento: El Cartel de Medellín y El Cartel de Cali. Pero así como la política es dinámica, pues la delincuencia también, ahora tenemos El cartel del cemento en el 2013, El cartel de los azucareros (2013), cartel del papel (2014), El cartel de la hemofilia (2016), El cartel de los medicamentos (2016), El cartel del papel higiénico (2016), El cartel de los cuadernos (2016), El cartel de la chatarrización (2017) hasta  llegar al más reciente, nombrado como El Cartel de los Locos. Creería que esta es la cereza del pastel, pero en el país del sagrado corazón…, la ficción no tiene límites. O mejor, la corrupción no tiene límites.

Este nuevo cartel de corrupción se conoce en Sincelejo, Sucre. Es un audaz plan para brindar millonarias pensiones a personas que manifestaban tener problemas mentales y que en muchos de los casos eran pacientes inexistentes o sin ningún trastorno psiquiátrico y el dinero se quedaba en manos de unos cuantos bandidos, platas que son recaudadas con los impuestos y aportes a la salud de millones de colombianos.

  • Dato: Según la Fiscalía General de la Nación se defraudó al sistema en por lo menos 100.000 millones de pesos.

La Fiscalía también documentó cómo los dineros habrían ingresado directamente a los representantes de las IPS, que servían como fachada para este delito. Se trata de Ernesto Bladimir Gonzalo Ospino, de Nuevos Amaneceres, y Luis Alberto Fadul Díaz, representante de la Fundación Nuevo Ser, quien es hermano del exconcejal de Sincelejo Juan Carlos Fadul. Y quienes tendrán que responder por el delito de concierto para delinquir, peculado por apropiación, prevaricato por acción, tráfico de influencias y enriquecimiento ilícito, junto a seis personas más que hacían parte de esta cadena delincuencial.

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Es de esta forma como Colombia todos los días se sumerge entre los robos más inéditos que si no fueran realidad, serían la mejor comedia en el planeta.

Estamos en la época donde ya nada nos sorprende y creo que existen dos teorías para explicarlo; una podría ser que ya nos acostumbramos a que exista la delincuencia a estos niveles tan exagerados y no nos importa.

Y mi segunda teoría se basa en que tenemos tan poco sentido de pertenencia por Colombia, pero tan gigantesca doble moral que no nos duele cuando vemos tremendos desfalcos, pero sí tenemos voz para quejarnos de la situación en la Guajira y en el Chocó, sin siquiera conocer qué es lo que sucede allí, simplemente lo tomamos como un tema para hablar y creernos intelectuales y no nos damos cuenta de que son  lugares abandonados no por el Estado, sino por la misma población que permite que se robe por todo el territorio nacional sin una verdadera consecuencia penal que pueda causar el mismo temor que se causa cuando se comete un delito parecido en China o Japón, donde los efectos son realmente ejemplificantes para las personas corruptas.

Esta es una invitación a no naturalizar el delito como se naturalizó la trampa, bajo un refrán que dice: “El vivo vive del bobo” o “La malicia indígena”, frases que tienen como consecuencia mirar como paisaje la corrupción y el robo de un patrimonio público que debería estar en los estómagos de los niños y en las escuelas del país.

Imagen cortesía de ForumLibertas

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Un comentario sobre «Colombia: El país de los carteles»

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